Thursday, May 27, 2010

Darcy Ribeiro. Las Américas y la civilización: proceso de formación y causas del desarrollo desigual de los pueblos americanos

Título Las Américas y la civilización: proceso de formación y causas del desarrollo desigual de los pueblos americanos
Volumen 180 de Biblioteca Ayacucho
Autores Darcy Ribeiro, Mércio Pereira Gomes
Editor Fundacion Biblioteca Ayacuch, 1992
pp. 377-383



Cuarta Parte LOS PUEBLOS TRASPLANTADOS


I.     INTRODUCCIÓN

Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar a América de miseria, en nombre de la libertad.
(Simón  Bolívar)


Los pueblos trasplantados de las Américas surgieron de la radicación de europeos, emigrados en grupos familiares, a los que movía el deseo de reconstituir en el nuevo continente, con una libertad mayor y con mejores perspectivas de prosperidad que las existentes en sus países de origen, el estilo de vida característico de su cultura matriz.

Algunos, como los colonizadores de América del Norte, se instalaron en territorios despoblados o escasamente ocupados por grupos tribales que vivían de la caza y de una agricultura incipiente. Dichos grupos fueron hostilizados y desalojados; jamás se fundieron con ellos, ni crearon formas de convivencia adecuada. Este hecho nada tiene de excepcional porque tanto los colonizadores ingleses, holandeses, como los portugueses o españoles, actuaron siempre de esta manera cada vez que sus establecimientos contaron con mujeres blancas en número suficiente. Otros, como los argentinos y uruguayos, resultaron de corrientes migratorias europeas que entraron en competencia con grupos mestizos espa ñolizados, de configuración étnica anterior, a los que también desalojaron por la violencia aunque ésta alcanzara un grado menor.

Los pueblos trasplantados contrastan con las demás configuraciones socioculturales de América, por su perfil característicamente europeo manifiesto no sólo en el tipo racial predominantemente caucasoide, sino también en el paisaje creado como reproducción del Viejo Mundo, como en la configuración cultural y en el carácter más maduramente capitalista de su economía. Esta se fundó principalmente en la tecnología industrial moderna y en la capacidad integradora de su estructura social, que pudo incorporar casi toda la población al sistema productivo, y a la mayoría de ella a la vida social, política y cultural de la nación. Por esto mismo ellos se enfrentan con problemas nacionales y sociales que les son propios y tienen una visión del mundo distinta a la de los pueblos americanos de las otras configuraciones.

Hay entre los pueblos trasplantados del norte y del sur del continente profundas diferencias, no sólo por su cultura, predominantemente latina y católica en éstos, anglosajona y protestante en aquéllos, sino
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también por el grado de desarrollo alcanzado. Estas diferencias aproximan e identifican más a los argentinos y uruguayos con los demás pueblos latinoamericanos, también neoibéricos, católicos, pobres y atrasados. Por la mayoría de sus otras características, sin embargo, ellos son pueblos trasplantados, y como tales presentan muchos rasgos comunes con los colonizadores del norte.

Naturalmente, no es por mera coincidencia que todos estos pueblos trasplantados se encuentran en zonas templadas. Condicionado milenariamente a los rigores del invierno y al ritmo marcado de las estaciones, el inmigrante europeo se encontró más cómodo en climas similares, huyendo en lo posible de las regiones tropicales. Se puede apreciar que a la inversa, los pueblos adaptados al trópico, no se sienten a gusto en las áreas frígidas, donde son compelidos a vivir en ambientes artificiales, que avasallan y deprimen a la naturaleza y también a los hombres.

Algunos autores han querido explicar las diferencias en cuanto al grado de desarrollo económico de los pueblos trasplantados respecto de los otros, como una consecuencia de estos factores de diferenciación. De esta manera se atribuye un valor causal en el proceso de formación de estos pueblos —como acelerador o retardador de progreso— a la condición racial predominantemente blanca, en contraste con el mayor mestizaje con pueblos de color de las demás poblaciones americanas, a la homogeneidad cultural europea, en oposición a la heterogeneidad resultante de la incorporación de tradiciones indígenas, como ocurrió con los Pueblos Trasplantados, a la posición geográfica y a sus consecuencias climáticas, y finalmente, al protestantismo de unos y al catolicismo de los otros.

La mayoría de esas afirmaciones no resisten la crítica. Las civilizaciones se han desenvuelto en diferentes contextos raciales, culturales y climáticos. Fisonomías distintas de la civilización occidental europea misma, han logrado elevada expresión en combinación con cultos católicos y protestantes, que en rigor no son más que variaciones de una misma tradición religiosa. Solamente el registro de la homogeneidad cultural tiene alguna significación causal. Su papel como motor del desarrollo, no reside sin embargo en la homogeneidad cultural en sí, sino en las posibilidades con que por esta razón y de manera circunstancial, contaron los emigrantes salidos de Europa en un determinado período histórico, para adquirir los conocimientos y la tecnología en que se fundaba la revolución industrial en curso.

En verdad, es posible encontrar una explicación de sus caracteres y logros sólo del punto de vista histórico y mediante un examen cuidadoso del proceso civilizatorio global en el que todos estos pueblos se vieron envueltos, así como de los varios factores intervin¡entes en la formación de cada uno de ellos. Esto es lo que nos proponemos hacer con respecto a los pueblos trasplantados al considerar, tanto su composición racial y cultural y el modo de reclutarse sus contingentes forma-dores, como la manera en que se asociaron y fundieron en nuevas entidades étníconacionales.
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Sin embargo anies debemos señalar otros factores generales de diferenciación o aproximación de los pueblos trasplantados en relación a las demás configuraciones históricoculturales de América; éstos probablemente resulten más explicativos de sus respectivos modos de ser que los tan traídos y llevados factores climáticos, raciales o religiosos. Entre ellos sobresalen en el caso de los pueblos trasplantados del norte, el hecho de ser el resultado de proyectos tendientes a la autocoloniza-ción de nuevos territorios, en oposición al carácter exógeno de las empresas que dieron lugar a las otras configuraciones; en el de los pueblos testimonio, la circunstancia de someter a sociedades cultural-mente muy avanzadas sobre las cuales el conquistador se estableció como una nueva dase dominante; y en los pueblos nuevos, el hecho de que el proceso de poblamiento se cumplió a través de la esclavización de indios y negros con destino a explotaciones agrícolas o mineras.

A estos se suman otros factores explicativos y especialmente, la preponderancia en los pueblos trasplantados de un proceso de mera asimilación de los nuevos contingentes por parte de los primeros núcleos coloniales. En los pueblos nuevos la integración de los grupos indígenas y negros esclavizados estuvo presidida por el signo de la deculturación, en tanto que en los pueblos testimonio consistió en la desintegración cultural y la transfiguración étnica.

Los tres procesos presentan semejanzas y diferencias, pero las características específicas de cada uno de ellos marcarían distintos manifiestos en las configuraciones resultantes. En el primer caso, se trataba de anglicanizar desde el punto de vista lingüístico, a europeos de diversos orígenes, o de uniformar las normas y costumbres de la vida social, que en realidad presentaban las desemejanzas propias de las variantes múltiples de una misma tradición cultural. En el segundo caso, se trataba de erradicar culturas originales altamente diferenciadas entre sí y respecto de la europea, a fin de imponer formas simplificadas de trabajo y de coexistencia, bajo la opresión del sistema esclavista y con el exclusivo interés de hacer rendir al máximo la mano de obra. En el tercer caso, estrangulado el proceso de desarrollo autónomo de las altas civilizaciones originales, se formó un complejo espurio y alienado en el que se perdieron los contenidos eruditos de las mismas y la calificación ocupacional de su población. Es claro que los pueblos resultantes de los dos procesos de formación cultural señalados últimamente enfrentaban dificultades mucho mayores para su reconstitución étniconacional y para integrar a su patrimonio cultural la tecnología de la civilización  industrial.

Otros (actores explicativos de las diferencias de las tres configura-ciones derivan de la mayor madurez de la economía capitalista mercantil propia de los pueblos trasplantados en oposición a las otras dos. Entre otros, se destaca el carácter más igualitario de la sociedad establecida en el norte, frente al perfil autoritario de las configuraciones del sur. Esta oposición encuentra expresión en el predominio en toda América Latina del sistema de haciendas, basado en el monopolio de la tierra, que contrasta con el de las granjas familiares difundido en los Estados Unidos. El primero dio lugar a un tipo de república oligárquica que
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condujo los destinos nacionales luego de la independencia; el segundo generó una república democrática asentada en una amplia clase media, políticamente activa y defensora de las instituciones de autogobierno.

Deben considerarse como factores concomitantes de idéntica naturaleza, el predominio del trabajo asalariado —aunque en sus formas más elementales— en las colonias del norte, a la esclavitud y el vasallaje existente en las otras regiones. Estas dos formas de reclutamiento de la fuerza de trabajo dejaron profundas huellas en las sociedades en que tuvieron lugar. Por un lado, permitieron una dignificación del trabajo manual, en tanto que en el segundo tipo de sociedades éste era considerado como una actividad "denigrante", propia de las categorías serviles.

Se da un cierto paralelismo entre estas concepciones referentes al trabajo, y algunas actitudes protestantes o católicas relativas a la materia, lo que no significa que estas religiones hayan representado un papel causal en la génesis de ambos comportamientos. Simplemente señalar que ellas sustentaban el sistema vigente en las sociedades respectivas; las protestantes, sociedades capitalistas más avanzadas; las católicas, más atrasadas y aristocráticas. No debemos despreciar sin embargo la importancia de este apoyo, así como la de otras derivaciones de las dos posiciones religiosas. Por ejemplo el estímulo a la alfabetización a fin de que pudiera leerse la Biblia en el caso de los protestantes, en el de la ideología católica tradicional el conservadorismo manifiesto en el empeño puesto en infundir resignación frente a la ignorancia y la pobreza.

Sin embargo, más que el factor religioso en sí mismo, fueron las características institucionales de las iglesias que catequizaron el Nuevo Mundo las que desempeñaron un papel modelador para sus pueblos, constituyendo los mecanismos productores de su profunda diferenciación.

El traslado de la Iglesia Católica a América se ubica en la coyuntura de los imperios mercantiles salvacionistas cuyo tipo habían adoptado España y Portugal con posterioridad a la ocupación musulmana. Las sectas protestantes en cambio, desembarazadas de la jerarquía romana y del peso de los obispados locales, en las cuales el culto se realizaba bremente, encuadran   en   las formaciones  socioculturales   capitalistas mercantiles.

La primera fue una parte esencial de la maquinaria del estado, promotora de la conquista y de su pretendida acción salvadora. De igual modo que el islamismo expansivo, el expansionismo ibero-católico ejercía sobre las poblaciones que llegaba a dominar una gran fuerza coercitiva, exigiéndoles además, cantidades mayores de sus excedentes productivos a fin de poder sostener un clero numeroso y de que su gloria se reflejara en la magnificencia de los templos. Basta comparar el número y la calidad arquitectónica, el tamaño y la riqueza de las catedrales de la América Católica, con la modestia de las construcciones religiosas de la América protestante, para apreciar la desproporción de los recursos económicos aplicados a finalidades religiosas en ambas zonas. Obviamente, esto se hizo en perjuicio de otras inversiones en obras de utilidad general, como caminos y escuelas, por lo que vino a constituir otro factor de atraso.
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La asociación de la iglesia con el poder temporal no sólo significó para la acción religiosa la seguridad de contar con todo lo que el estado pudiera darle, sino además, su adhesión y fidelidad permanente a los objetivos de perpetuación del dominio colonial y de mantenimiento de la organización oligárquica. También le aparejó la aristocratización de sus altas jerarquías, lo que la puso frecuentemente en oposición a las aspiraciones e intereses de los más humildes componentes de su grey. Esta es la causa de que tantas veces, en América católica el alto clero se haya visto envuelto en crisis políticas graves, y de que por reacción surgiera un laicismo militante típico de estos países. En la América protestante en cambio, los dirigentes de las distintas sectas, al situarse al margen de la estructura del poder político, pudieron cuidar mejor su posición y ejercer un control más eficaz justamente por ser más informal.

El estilo diferente de la propaganda religiosa, en un caso llevada de consuno con el brazo secular, y en el otro por medio del estímulo a la acción comunitaria, hizo que la acción de la Iglesia católica fuera apreciada como teñida de fanatismo. Este tuvo en el mundo puritano una entidad equivalente, pero allí no resulta tan ostensible por disolverse en las responsabilidades colectivas. La obra misionera incluso, al emprenderse en la América católica con el fervor propio de una religión de conquista, sería una fuente constante de conflicto con los colonizadores cuyos intereses afectaba, mientras que en la América protestante no se observa un fenómeno de este tipo. También esto es demostrativo del carácter salvacionista de la estructura imperial en que la Iglesia católica se hallaba inserta.

Otra expresión de esta oposición fue el vigor fanático del celo catequista católico. Pretendiendo dar al mundo y a los hombres una configuración acorde a la de la cristiandad creó las reducciones jesuíticas, tan admirables en tanto que generosas concreciones de la utopía platónica y a la vez tan lamentables por su carácter artificioso y por significar para los indios una sujeción aún más dura que las otras. Lo paradójico es que en la América protestante, donde no hubo una acción misional rigurosa y extensa como en la otra América, la religión ha sido más ortodoxa que el catolicismo latinoamericano; se ha generalizado como una religiosidad popular más activa y menos impregnada de sincretismos, pero a la vez, más intolerante.

Otros factores de diferenciación derivados del proceso de formación nacional de los pueblos trasplantados, son la discriminación y la segregación, frente a la integración y a la expectativa de asimilación de todos los contingentes constituyenies de la etnia por medio del mestizaje, de las otras configuraciones históricoculturales. Estas diferencias pueden apreciarse hoy nítidamente, en los tipos de preconceptos raciales prevalentcs en las dos áreas. Uno es el preconcepto de origen, que recae sobre el individuo que tiene antepasados negros conocidos cualquiera sea su fenotipo, como ocurre en los Estados Unidos; y otro, característico de los pueblos nuevos, el preconcepto de marca, que discrimina al individuo de acuerdo a la intensidad de sus rasgos negroides,
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pero para el cual los mulatos claros se incluyen en el grupo socialmenie blanco (Oracy Nogueira, 1955), como ocurre en los pueblos nuevos y los pueblos testimonio.

Otra diferencia radica en la proporción de los contingentes marginales a la vida económica, social y política de la nación. Estos presentan el carácter de grupos distinguidos del punto de vista cultural, principalmente neoindígenas y mestizos, en los pueblos testimonio, y el de grupos socialmcnte distinguidos, por lo general, compuestos por neoafri-canos o sus mulatos en los pueblos nuevos. Se hallan siempre presentes en cada etnia nacional, a veces, como la porción mayor de su población dentro de las formaciones señaladas, en cambio aparecen como minorías raciales bien definidas en los pueblos trasplantados. Aquí también, más que de un factor causal estamos en presencia de uno de los resultados del proceso de formación que hizo que los pueblos trasplantados del norte compusieran sociedades más igualitarias en lo social, más progresistas en lo económico y más democráticas en lo político. Pero también se volvieron más discriminatorias y segregacionistas en consideración a las particularidades raciales. Este último factor no sólo frustró la constitución de un sistema sociopolítico efectivamente democrático en los Estados Unidos, sino que además ha desencadenado en las últimas décadas, innúmeras tensiones disociativas que ya casi llegan al grado de una guerra racial interna.

Desarrollo y estancamiento no deben mirarse como situaciones consolidadas e inmodificables, sino como el efecto de componentes dinámicos que han modelado a los pueblos de cada configuración histórico-cultural abocándolos a una problemática específica. Ha resultado de ello un nuevo factor de diferenciación, consistente en la división del continente americano en un núcleo de elevado desarrollo, y un conglomerado de pueblos subdesarrollados.

Entre ambas regiones las relaciones presentan el cariz de las cumplidas entre sociedades ubicadas en distintas posiciones económicas: una se halla en el nivel de las formaciones imperialistas industriales, y las otras en la situación de territorios sometidos al dominio neocolonial. Estas relaciones, al implicar indefectiblemente el despojo de las naciones atrasadas, resultan fecundas en conflictos de intereses y tensiones. Los Estados Unidos se han erigido en los mantenedores de un sistema extremadamente fructífero para sus empresas, que le resulta conveniente además a su posición política en el continente y en el mundo. El estudio de esta polarización es de primordial importancia, ya que cualesquiera sean los caminos que sigan en su desarrollo los pueblos latinoamericanos, no podrán emprenderlos sin sopesar la fuerza intervencionista de los Estados Unidos, la naturaleza imperativa de sus compromisos de gran potencia mundial y el peso de los intereses que han invertido en esta su zona de influencia.

Además de los citados bloques étniconacionales del norte y del sur configurados como pueblos trasplantados encontramos a lo largo del continente y enclavados en las restantes configuraciones histórico-culturales varios bolsones que presentan las características propias de
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éstos. Entre otros, los amplios manchones de colonización europea en el sur de Brasil, en Costa Rica y en Chile. Cada uno de estos conjuntos formados predominantemente por poblaciones europeas trasplantadas, compone una variante de sus respectivas etnias nacionales, y han tenido una función de agentes dinámicos de importancia muchas veces decisivas en el desarrollo de las mismas.
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